Cuando la seducción pierde el rumbo

-¿Cómo se llama el juego?

Estar sola me aterra y necesito darte de comer los días impares para que sigas ahí, alimentado mi ego.

 La verdad que como título quedaba un poco largo, pero era una buena manera de darle nombre a lo que Roberta hacía con Alma. Llevaban tiempo tonteando, nutriendo algo que al principio parecía real, sincero, deslumbrante, cargado de intenciones que flotaban en el aire y que ninguna quería o se atrevía a verbalizar. Tampoco es que haga falta pronunciarlo cuando los hechos hablan por sí solos.

 -¿Qué haces en esta situación, Almita? Eres un mujerón de los pies a la cabeza. Déjate de gilipolleces y pasa de Roberta, que está tan pérdida que ni se entera de la suerte que ha tenido al encontrarse contigo, sentenciaba tajante Víctor. Alma le había explicado a su amigo los vaivenes de Roberta. Y es que un día la envolvía en algodón y los dos siguientes se olvidaba de que existía, para aparecer de nuevo el lunes con la intención de volver a hacerle cosquillitas.

 -Está volando libre, decía Alma. Necesita este vaivén ahora mismo, y yo la entiendo. Intenta escapar de la prisión física del compromiso que tenía, y a duras penas cumplía dignamente. En realidad yo tampoco quiero nada, simplemente una experiencia intensa de esas que te dejan los sentidos del revés y el cuerpo palpitante a todas horas. Y ambas tenemos el potencial para alcanzar ese nivel de centrifugado físico y emocional. Sin embargo, hay algo que le frena y desconsiderada y lamentablemente, en lugar de compartirlo, está quemando la situación de la forma más cobarde y absurda. Sí, otra vez bomba de humo, pero ahora sin motivo aparente.

 No te preocupes, Víctor, ya sabes que a mí lo insustancial me carga. Así que si después de resarcirse como necesita no es capaz de dejar, en algún momento, esa cobardía que la deja fría de cintura para arriba, se quedará ahí con sus juegos de adolescente excitada. De hecho, este sinsentido ya me está acercando bastante al hartazgo. Como no se ponga las pilas pronto y le dé ritmo a la situación, pasaremos de haber visualizado el romance del verano, a confirmar lo vanas que resultan algunas personas.

 A propósito de todo esto, el otro día apareció por el gimnasio una nueva monitora de body combat, súper buenorra, que no me quitó el ojo de encima en toda la clase. ¡Me da que voy a tener un fin de semana movidito!

Atracciones prohibidas

Ruth se preguntaba cuál era la diferencia entre querer hacerlo y atreverse. El valor, le dijo Adrián. Ella no se daba cuenta de que no era tan grande la distancia entre lo que deseaba y lo que estaba haciendo.

No se atrevía a acostarse con el marido de su prima, pero pensaba más en él que en el suyo propio. Hablaban por teléfono a diario. En las comidas familiares ambos contenían las ganas de reducir la distancia socialmente aceptada. Y mientras, se morían de ganas por besarse, acariciarse, olerse bien de cerca y notar el pulso de una en el otro y viceversa. Pero seguía ganando el miedo a ceder al impulso y dinamitar sus vidas en pareja.

Sin embargo, a pesar de no querer llegar más lejos, se permitían jugar. Últimamente las conversaciones telefónicas habían ido subiendo de tono, hasta llegar a empaparlo todo a su alrededor. Minutos más tarde, al colgar, sus vidas volvían a ser las que marcaba el sagrado sacramento.

Y es que el mayor problema que encontraban tanto Ruth como Adrián era el peso de la obligación matrimonial. Estaban resignados a seguir viviendo con la persona con la que se habían casado, pasara lo que pasase y fuera en contra o no de sus deseos. Porque el matrimonio es sacrificio, o eso es lo que habían ido escuchando una y otra vez desde que eran pequeños.

¿Y entonces qué? ¿Iban a estar mucho más tiempo haciendo trabajar a la imaginación con el teléfono en la mano? Claro que sí. En eso consiste la vida de los apocados, en mentir y aparentar que todo va como debería, mientras por dentro el deseo les consume día a día, y acababan por aborrecer su vida y a quien tienen al lado.

Crítica literaria a Tokio Blues, Haruki Murakami

Tokio Blues es el libro que otorgó a Haruki Murakami el reconocimiento definitivo como escritor de renombre en su país, Japón. Se trata de una novela muy fácil de leer, por su estilo literario y por la llanura de sus expresiones. Se vale de tres personajes principales en torno a los cuales está articulada la historia de Watanabe, el protagonista. Un ejecutivo de 37 años que al escuchar una canción de los Beatles en un viaje de negocios, retrocede emocionalmente a su juventud y rememora la intensidad de todo lo que le sucedió en sus años de estudiante.

Su mente se traslada a los años sesenta en Tokio y vuelven a aparecer Naoko y Midori. Dos chicas con las que pudo experimentar el crecimiento personal que implica la madurez a través del amor, el sexo y la muerte.

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En su recuerdo, Watanabe, va hilando la historia de su juventud, en la que el desasosiego interno y las ganas de encontrarse son el motor que guía cada uno de sus pasos. El protagonista experimenta en primera persona la dureza que adquiere la vida en muchas ocasiones. Se va quedando con lo mejor de todas las personas que, amigas o no, han ido pasando por su vida. Y comprende que para seguir adelante hay que tomar decisiones y dejar atrás sentimientos y estados a los que a menudo cuesta renunciar.

Desde el punto de vista cultural mediterráneo, choca encontrarse con una idea y un trato del suicidio completamente normalizado en un país como Japón, en el que demasiados jóvenes deciden quitarse la vida como quien decide aquí, por ejemplo, hacerse un tatuaje.

El balance global de la novela es muy bueno. La sencillez con la que está explicada la historia hace que quien lee no se pierda en ningún momento. El estilo literario me ha recordado a El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger, en el que el protagonista va explicando fluida y espontáneamente todo lo que se le va pasando por la mente.

Amores tiritantes

Tu perfil se me antoja perfecto.
Te miro mientras me hablas, respiras, pestañeas, sonríes…
Imantas hasta el aire que te roza. Y te aseguro que no hay nada que quieras contarme que no me interese saber.
Dibujas la vida con cada palabra que sale de tu boca y transformas los días en un continuo amanecer que acaricia mis emociones.

He escuchado tantas voces, visto tantas bocas y hablado con tanta gente sin llegar a conmoverme lo mas mínimo, que cada vez que te tengo delante, o como ahora, justo al lado, te miro y se que tengo que aprovechar cada segundo que compartamos. Porque es algo biolímpico. Cada dos años aparece el sol en forma de persona y nutre hasta las células más tiritantes que había en mi cuerpo.

Y esa luz, ahora, lleva tu nombre, el nuestro. Tus manos, tu pelo, tu cuerpo… Y tenemos que agarrarla con fuerza, apretarla, saborearla y creernos que será eterna. Prenderla hasta que las llamas lo extingan todo y la fuerza del destino nos levante del suelo con la intensidad de un huracán de grado 8. Para que nos escupa años más tarde llenas de primavera y podamos decir aquello de “hemos alcanzado una máxima histórica, ha sido el amor más vehemente de las últimas décadas”.

Porque sabrás, amor, que todo lo que viviste hasta llegar a mí fue un simple preludio, para recibir a corazón abierto lo ya nunca podrás olvidar.

El cambio de piel de Lea

Lea está viviendo un momento en blanco de su vida. Sus amigos ya no le inspiran. La chica que tanto le llamaba la atención, ha dejado de interesarle. Y el calor la despierta, puntual, todas las madrugadas. A las 5:30 abre los ojos sofocada y bañada en sudor, a pesar de dormir completamente desnuda.

Como no hay mal que por bien no venga, desde hace dos semanas le ha sacado partido a estos madrugones. Nada más despertarse se viste con lo primero que encuentra, sube en su moto y se va a la playa. Gracias a este peculiar insomnio ha descubierto que le encanta el olor del amanecer, pero todavía le gusta más llegar a la playa y encontrarla toda para ella, completamente vacía.

Se descalza y siente como la arena le va masajeando los pies. Empieza a desprenderse parsimoniosamente de la ropa, se suelta el pelo y paso a paso se acerca al agua, que en su vaivén helado transforma sus pezones en hierro y va erizándole los pocos pelos de su cuerpo, a los que el láser ha perdonado la vida. Y justo antes de que el cerebro le diga por segunda vez lo fría que está el agua, se zambulle de cabeza contra la primera ola que viene a buscarla.

Y la paz que no ha podido encontrar dormida, le da la mano ahora, mientras la suavidad del agua salada le acaricia la piel y la mece como si quisiera acunarla y devolverle el color a su vida. Y Lea, conectada completamente con la naturaleza y el ciclo de la vida, en ese instante, es capaz de dejar la mente en blanco y simplemente respirar. Porque esa es la base de todos los movimientos e incluso de la falta de ellos, la respiración tranquila y limpia en la que nada ni nadie falta, ni sobra.

 

África por fin ha decidido ser valiente y levar el ancla

Llegó el día. África por fin decidió dejar a su novia hace una semana. Llevaba meses buscando la fortaleza en ella misma, sin suerte. Hasta que encontró el apoyo externo que necesitaba en su nueva amiga y confidente Luna. Y es que a veces por clara que parezca una situación, una no se siente capaz de desprenderse de la que ha sido su vida hasta ese momento.

África se sentía presa en una cárcel imaginaria y simbólica de deseos y pensamientos frustrados. Su alegría menguaba día a día. Hacía ya tiempo que había perdido esa mirada llena de luz y esas ganas, tan suyas, de comerse el mundo. Es bastante irónico que un amor, o lo que empezó siendo un amor, acabe por volverte mate.  Menos mal que el brillo que perdió su relación con Salma lo ganó su amistad con Luna. Su nueva confidente conocía el amor entre África y Salma desde casi el principio y había visto como las cosas se habían ido deteriorando con el paso del tiempo.

Les había pasado lo mismo que a un desagüe que a causa de no poder tragar con cosas que no corresponden a su fin, acaba por decir basta. El error entre África y Salma, fue desatascar voluntariamente ese desagüe una y otra vez. Debieron cogerlo por costumbre, igual que se acostumbraron a dejar su libertad individual a un lado, para que las cosas entre ellas no se complicaran.

“África, ya sabes que no vas a poder estar así mucho más tiempo. Tú quieres A y ella quiere B, es tan sencillo como abrir los ojos y pensar que vuestros intereses no encajan. Perpetuar un error sólo sirve para engañarse y perder el tiempo. Ármate de valor y libérate ya de lo que no te deja ser. Libérate de ella. Vive como si en unos años fueras a morirte y se acabase la función. Si tenéis que estar juntas vuestros caminos volverán a unirse y si acabáis incluso por perder la amistad, es que no hay ni interés, ni cordura. Pero de verdad plantéatelo en serio y da el paso ya. Este bucle te consume y acabará con la paciencia de quienes te escuchan contar lo mismo cada dos por tres. Yo voy a estar a tu lado apoyándote en todo, no lo dudes”, le dijo tajantemente Luna cuando por enésima vez África le contó sus dudas.

Fue ese “yo voy a estar apoyándote en todo”, el empujón que necesitaba África para lanzarse a lo que ella creía que era el vacío: su vida sin Salma. Y qué liberación más grande. Menudo alivio poder ser ella misma otra vez y no sentirse coartada de hacer los planes que quisiera con quien le diera la gana.

Hay veces que sólo cuando ha pasado el tiempo se sabe que la decisión tomada fue un acierto. Otras veces, sin embargo, las sensaciones de agobio y malestar suelen salir a menudo a la superficie para pedirle al cuerpo y a la mente el cambio que necesitan. Este último fue el caso de África, que después de llevar tiempo haciendo oídos sordos con ella misma, decidió coger aire y atravesar el vacío que ella creía que se encontraría sin Salma a su lado.

 

 

¿Hay sintonía entre lo que quieres hacer y lo que haces?

¿Cuál es vuestra excusa para justificar que lo que pensáis y lo que hacéis no va de la mano? “Está mal visto por la sociedad”
¿Hay normas de comportamiento y quien se aleja de ellas o tiene una moral diferente se queda al margen?

Para empezar una no puede ser feliz llevando a cabo las ideas de otra persona. Hay que escucharse. Habla contigo y escúchate atentamente. ¿Qué los demás te juzgan? Quizá es que no tienen la valentía de romper con lo que no les llena del todo y no se atreven a probar aquello que les pica una y otra vez a la puerta de su curiosidad y sus ganas.

Cada un@ tiene los límites en diferentes estadios. Lo mejor que puedes hacer es relacionarte con personas que compartan tus ideas y tu modo de vida. De lo contrario la relación, al menos sentimentalmente,  no tendrá futuro.

Ya sabes, tú libertad empieza donde acaba la suya. Y está bien, no es que haya que unificar el comportamiento de todo el mundo. Los patrones sociales están ahí para quien los quiera seguir, ya sea por comodidad, inseguridad, falta de imaginación o nula curiosidad por explorar las sensaciones y posibilidades que ofrece el mundo.

Hay que vivir como si quien fuera a llevarse los beneficios o las consecuencias fueras tú mism@, porque así va a ser. Nadie va a ser feliz por ti. Nadie va a atravesar la línea que tú no te atreves a cruzar. Y tampoco va a haber nadie que por el hecho de que te vea actuar de una forma que no comparte, vaya a condenarte  al rechazo de la sociedad. Básicamente porque el poder de la exclusión o de la integración está en tu mente y sólo tú tienes el poder de mandar en ella.

Hasta que un@ no se enfrenta a aquello que le ronda una y otra vez por la cabeza y decide hacer lo que desea, no vive plenamente. Y cuando la cosa no resulta ser ni blanca ni negra y decides quedarte con lo que te genera dudas… más vale que te dure toda la vida, porque estás renunciando a un montón de cosas que cada vez te hacen más pequeño el espíritu y evaporan tu esencia.