El corazoncito del monstruo

El otro día me despertaron los monstruos. Vinieron a vernos mientras dormíamos y amenazaron con una tormenta de fuego y olvido si no les dejaba cruzar la puerta. No os atreváis, les dije. Jamás podríais borrar un recuerdo tan dulce. Y por supuesto jamás os dejaría entrar y romperle el sueño que tanto le cuesta coger. Últimamente me paso ratos y ratos acariciándole el pelo hasta que se queda dormido. Y sólo yo me permitiría despertarlo… a base de besos y caricias.

Además, él confía en mi protección. Es de esas personas que creen en mí, tanto o más que yo en él. “Acuéstate tú en el lado que está más cerca de la puerta”, me dijo la primera vez que dormimos juntos. Y fue tan tierno escuchar eso de alguien que cuando sale de casa se come el mundo, que me prometí nunca fallarle.

Pero como nunca se puede decir nunca, también me juré que sólo cumpliría la promesa mientras saberle cerca me achuchara el corazón. Y quise proponerle a él otra. “Por favor si algún día el escorpión me pica y yo a ti, nunca dejes de intentar volver a mí, aunque me creas tan enfadada como para no querer saber nada de ti”, le dije a media voz.

Y es que es de esos ángeles con los que la vida me ha enseñado a amar de la manera más pura y sincera que existe. Dejando a un lado la forma en la que la naturaleza decidió presentarle y permitiéndome, yo a mí misma, recoger toda la magia que desprende, sin preguntarme demasiadas veces porqué él y no ella, cuando ya daba por hecho que mi vida seria junto a otra mujer.

Me hubiera arrepentido toda la vida, si por culpa de mis juicios hubiera echado a perder la oportunidad de sentir brotar la vida a su lado, simplemente porque no entraba en mis esquemas.

El monstruo debió de leerme el pensamiento, porque de repente vi como se le escurría una lágrima por la cara. Y mientras se daba la vuelta para marcharse, le escuché decir: “ojalá me hubieran enseñado a amar así“.

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Cuando el deseo traspasa la piel

Amor, ¿has vuelto ya del viaje? Yo estoy a punto de llegar a casa. No te imaginas lo que me apetece entrar por la puerta y encontrarte allí relajada, sonriente, con los brazos abiertos y tú boca esperando a la mía. 

Llevo todo el día con un deseo que me traspasa la piel. Desperté a las 6 de la mañana chorreando en sudor y feromonas y mis dedos supieron cómo llevarte hasta allí sin que estuvieras. 

Cerré los ojos y te imaginé tumbada a mi lado, desnuda, con sólo unas braguitas tapando ese manjar que me tienta siempre a beber de él. Y como yo ante las tentaciones tengo la batalla perdida… después de deleitarme el paladar con tu sabor, seguí dándote los buenos días como tanto te gusta, adentrando mis dedos en ti después de haberte dejado empapada, entre tu flujo y mi saliva.

Y aún dormida ibas abriendo las piernas para que pudiera tocarte bien. Suave primero, girando mis dedos, y acariciando y deslizando el pulgar sobre  tu clítoris. La maniobra perfecta para que acabases de despertar pidiéndome más guerra. 
Y justo cuando abres los ojos y me encuentras a horcajadas sobre ti, siento que algo me corta la respiración. No lo he visto venir. Estaba tan absorta en el calor de tu humedad que no te esperaba. Me encanta como sigues sorprendiéndome todavía. 
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Siento un pinchazo de placer que me hace soltar un gemido de los que tanto te excitan. Tres dedos me dices y cojo aire para reponerme y darte uno de esos besos guarros de cuando estamos ya a mil. Ahora eres tú la que no se lo espera. Te devuelvo la jugada y gimiendo me agarras fuerte por la nunca tirándome hacia atrás del pelo. 

Ya estás desbocada. Las sábanas empapadas. Los dedos arrugados. Mis pezones pidiéndote a gritos que te recrees en ellos con tu lengua, y el corazón a punto de salírseme por la boca. Me pones tan cachonda que el día menos pensado perderé el conocimiento antes de correrme.

Estamos ya a punto de explotar,  pero sabes que aún es pronto para eso. Te agarro la muñeca y saco lentamente tus dedos de mí. Me encanta sentir como van saliendo poco a poco, mientras suena ese chasquido del flujo al rozar tu piel con la mía. Cojo tu mano y la llevo hacia mi boca para chuparte los dedos uno a uno, y después te agarro la cara con fuerza y te pego un lametón en la boca. Me encantan las miradas que me echas cuando te llevo hasta ahí, una mezcla de perversión y súplica que me encienden todavía más.

El juego sigue… te ato las manos sobre la cabeza y te torturo dándote besitos por todo el cuerpo, mientras te arqueas llevando las caderas hacia mí, pidiéndome más. Fóllame, me susurras al oído, como una auténtica perra en celo.  Y me refriego lentamente sobre ti hasta llegar a tu boca. Cómemelo, te digo y antes de acabar de pronunciar la palabra tu lengua ya se ha abierto paso en el río que corre entre mis piernas. Me muero del gusto y poco a poco me voy girando para acabar comiéndotelo yo a ti también. Acabamos encajadas, sudadas, cachondas, bañadas en flujo de arriba a abajo y lamiéndonos como animales. 

“Me corro nena, me corro”, consigo decir con la voz entrecortada, pero aprieto el ritmo para que te corras tú primero, aunque sin éxito. De repente tenemos un orgasmo sincronizado de los que hacen historia y nos deja palpitando durante  cinco minutos.  

Acabamos besándonos y saboreándonos enteritas bañadas en nuestra propia salsa.

Volar, reír e inventar el mundo

Celia quiere escapar, sin estar prisionera en más lugar que en su mente. Se siente atada. Quiere vivir todo aquello que proyectaba en sus sueños, aquellas noches de verano en las que las estrellas parecían brillar más de lo normal y el vino tinto no llegaba nunca a su fin.

Está acostumbrada a volar, reír e inventar un mundo que no se parece demasiado al que pisa a diario.

No entiende de compromisos, sólo de sumergirse en lo que le late en ese mismo momento. No se hace a la idea de tener que aterrizar o echar el ancla en ningún lugar del que no pueda salir corriendo cuando le venga el impulso.

Y por eso, ahora que se ha dado cuenta de que el campo de los sueños es limitado, se le han atenazado los músculos y ha soltado, sin querer, el globo de la alegría que la acompañaba a todas partes. Necesita bocanadas de aire con las que calmar su pulso hasta volver a situarse y desplegar de nuevo ese tornado de arcoíris que habita en su interior.

Mientras tanto, que buenos son esos besos y abrazos de todas aquellas personas que le acarician el alma sólo con saber que están ahí, formando parte, al fin y al cabo, de este maravillo viaje que es la vida, su vida.

Pablo, el mismísimo Cometa Halley

Esta es la historia de Pablo, un chico que desde que por primera vez se enamorase a los 9 años, ha mantenido una media constante de enamoramiento. Uno cada dos semanas, hasta el día de hoy con 27 años ya.

Qué vaivén de emociones, pobrecito, pensaréis. Pues sí y no. La verdad que su estado emocional es una montaña rusa y siempre le brillan los ojos. A veces de pura dicha y otras simplemente se le ponen vidriosos de la melancolía de algunos amores, que acaban por romperle el corazón.

Ay… qué intenso es Pablo. Lo vive todo como si al día siguiente fuera a acabarse el mundo. Y qué romántico, siempre con mil detalles y fechas por celebrar.

Tiene una canción y un lugar para cada persona que ha habitado su corazón.

Hay quien alaba su capacidad de sentir. Él, sin embargo, a veces se siente perdido. No cree que la vida sea eso. No puede ser que el motivo para seguir adelante o parar tenga sólo cuatro letras: A M O R.   Y que el resto de cosas que componen su vida giren en torno a eso.

Pablo se pregunta en qué se basará la vida de esas personas que no tienen pareja, son incapaces de expresar lo que sienten, o rehúyen al amor como si fuera una enfermedad terminal. ¿Cuál es el motor de toda esa gente?

Lo que no sabe es que sin todo ese remolino que lo compone tantas veces como lo descompone, no existiría su arte, ni su carisma, ni toda la magia que desprende su sola presencia.

Pablo es como una semilla exótica que el azar hace crecer en la tierra yerma.

Es como el puto Cometa Halley, que pasa una vez en la vida y sólo si estás atenta podrás disfrutarlo, vestirte en su ropa y respirar en su piel.

 

Crítica literaria a “La mujer de mi hermano”, Jaime Bayly

Dicen que en todas las familias se cuecen habas. “La mujer de mi hermano”, octava novela del Escritor peruano Jaime Bayly, es un claro de ejemplo de ello.

Se trata de una trama completamente emocional e intensa que teje relaciones familiares violentas, dependientes, monótonas y ardientes, salpicadas de sexo, mentiras, pasión, cariño, rencor y una doble moral peligrosa y sorprendentemente extraña.

Ignacio, Zoe y Gonzalo componen el elenco de personajes.

Ignacio: un prestigioso banquero que con 35 años parece tener todo lo que un hombre heterosexual podría desear: dinero, poder y un matrimonio con una mujer guapa y esbelta.

Zoe: mujer rica y dependiente, acomodada en su posición social, que prefiere vivir a medio gas, en lugar de probar su autonomía y perseguir su sueño.

Gonzalo: Hermano pequeño de Ignacio con síndrome de Peter Pan. Pintor bohemio y seductor innato que no es capaz de preocuparse por nadie más que por él y sus cuadros.

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Entre los tres personajes se respira una tensión creciente. Por un lado el matrimonio de Zoe e Ignacio, nueve años después de pasar por el altar, hace aguas. No consiguen reencontrar o evocar la magia que les unió al conocerse. Y a pesar de compartir juntos la vida entera y vivir piel con piel, la distancia emocional entre ambos es cada día más grande. Ella detesta la frialdad y el poco interés carnal que su marido le muestra, a pesar de hacer todo tipo de esfuerzos por estar en forma y cuidarse para resultarle deseable. Él parece tener la única preocupación de llevar para adelante el banco nacional  que heredó de su padre, y del que se nutre económicamente toda la familia. No se escucha a si mismo, no empatiza con su mujer ni con sus necesidades y desoye una y otra vez al duende que lleva dentro y que le habla de deseos homosexuales que jamás se atreverá perseguir.

El tercero en discordia es Gonzalo: enemigo y rival de Ignacio desde la adolescencia y amigo  y confidente de Zoe. Una mezcla difícil de maridar.

La animadversión que Gonzalo siente por su hermano, incita a su cuñada a criticar todo lo que no funciona de su matrimonio con él, alimentando una relación que acabará  por llevar este triángulo familiar al límite.

Podéis haceros una idea de como se desarrolla la novela. Lo que no podéis llegar a imaginar es el desenlace de tamaña traición familiar. Por otro lado las bases de esta historia dan bastante que pensar sobre la cultura y la represión que aún existe en ciertos países, como Perú, en este caso. En el que desgraciadamente la homofobia y la autorrepresión por el que dirán están a la orden del día.

Tus incendios

Me pregunto si hoy habrás pensado en mí,
mientras la miras a ella, a tu novia,
a la que comparte contigo tus despertares,
ajena a toda la sed física y emocional
que te provoca estar a su lado.

Yo sí pienso en ti
me escuece no poder hablar como lo hacíamos antes
te busco en cada mensaje nuevo que recibo
y ninguno lleva tu nombre.

Tu conversación va perdiendo posiciones.
Y qué le voy a hacer si mi valentía no basta
para desterrar a tus miedos.

Y qué harás tú cuando te des cuenta
de que ya es demasiado tarde
para tener de vuelta lo que dejaste ir.

Son tus anhelos los que mandan
y no se dejan engañar por el roce de su piel.
Llevas todo un incendio contenido en ti,
mientras el valor se te escapa por la puerta y las ventanas

Quédate con ella,
prefiero ser yo a la que eches de menos.

 

 

Magia encontrada

Se me escapa la sonrisa al saber que estás cerca.

Han colapsado todos los primeros de septiembre que me empapaban de melancolía, por el verano que se marcha, y se han juntado en un destello al sentir el tacto de tus manos en las mías. Ahora creo que el universo cabe en un solo guiño. En una canción, en una carcajada relajada, en los días y las noches en vela que están por venir, hilvanando sueños que nos empujan hacia adelante.
Párate, siéntelo, escríbelo… está pasando y sólo puede sumar. Más que aquello que prometía ser y no fue. Más de lo que hubiera podido esperar, simplemente porque no lo esperaba. Más que una promesa hecha en el desasosiego de una despedida apresurada. Y de esa ansiedad sorda, a la calma en tus palabras y en las mías. A la sinceridad nunca antes destapada tan temprano. A la comunicación, no sólo de quien sabe el camino correcto, sino de quien quiere tomarlo y hacerlo bien desde el principio.

Somos la rosa que nació de toda la sangre derramada, aquella fatídica tarde de agosto.

Somos magia encontrada.